La historia de Dara
“Nadie en mi familia hubiera apostado un peso en mí...
hasta que terminé graduándome en Italia!”
“No pasaste. Entonces, ¿ahora qué vas a hacer?”
Esas fueron las primeras palabras que me dijo mi abuelo cuando me llamó para darme los resultados de la Universidad de Cartagena. Ni siquiera un “lo siento” o un “tranquila”. Solo su voz, casi burlona, confirmando lo que probablemente ya esperaba.
Me quedé una semana entera llorando.
Desde pequeña me habían metido en la cabeza que ese era EL camino…
Mi abuelo no paraba de recordarme que sus otros nietos sí habían entrado a la universidad, que yo era la única que quedaba con “posibilidades”…
Y había fallado.
Solo unos meses después…
Ahí estaba yo, Dara, estudiando Relaciones Internacionales en la Universidad del Norte de Barranquilla —que irónicamente es mucho mejor que la de Cartagena…
Pero eso no importaba.
Cada comentario, cada mirada me recordaba que yo no estaba a la altura de lo que mi familia esperaba de mí.
A los tres años de carrera, mi vida seguía igual: mismas notas buenas pero no excelentes, misma rutina, mismo círculo. Era como si viviera en una caja de cristal donde todos podían ver exactamente hasta dónde llegaría: graduarme, conseguir un trabajo en alguna oficina en Barranquilla, y ya.
Ese era mi techo.
Hasta que una simple pregunta cambió el rumbo de mi vida.
Era marzo de 2018…
Y estaba en la universidad cuando conocí a este chico italiano que daba clases ahí ese semestre… y después de contarle que estudiaba Relaciones Internacionales, me hizo una pregunta que me abrió una puerta que nunca había visto:
“¿Y por qué no te vas a estudiar a Italia? Tu universidad tiene convenio, ¿no?”
Mi reacción automática fue pensar en mil excusas… pero esa pregunta se quedó dando vueltas en mi cabeza.
Resulta que en mi carrera, dos compañeros ya estaban preparándose para irse a Italia el siguiente semestre…
Y también se iba otra compañera que… bueno, digamos que no era mi persona favorita. Se creía superior aunque no era más brillante que ninguno de nosotros.
A ese punto ellos ya tenían todo planeado, y llevaban UN AÑO estudiando italiano…
Yo en cambio ni siquiera había considerado la posibilidad, así que me dije:
“No, estoy muy atrasada, para mí es demasiado tarde.”
Ahora, entre mis profesores había uno que yo admiraba mucho…
Un día en una de sus clases empezó a hablar sobre los estudiantes que se iban de intercambio:
“Daniela, por ejemplo”, dijo con orgullo, señalando justamente a mi compañera presumida. “Ella se va para Italia el próximo semestre. Van a ver cómo esa experiencia la va a transformar.”
La miraba como si fuera la octava maravilla del mundo, como si fuera mejor que el resto.
Y luego sus ojos pasaron por mí sin ni siquiera detenerse, como si fuera invisible.
También mis otros compañeros recibieron sus felicitaciones. “Qué orgullo tener estudiantes así”, decía el profesor.
Yo sentí que la sangre me hervía. No de envidia, sino de rabia conmigo misma.
¿Por qué ellos sí y yo no?
¿Qué tenían ellos que yo no tuviera?
En ese momento sentí explotar algo dentro de mí.
“Si ella puede”, me dije mirando a Daniela, “yo TAMBIÉN puedo. Es más, voy a demostrar que puedo hacerlo mejor.”
Así que enseguida que llegué a casa me puse a investigar los requisitos…
Y la realidad me golpeó como un balde de agua fría.
Primero que todo, necesitaba certificación B2 de italiano.
El problema era que yo no sabía ni una palabra de italiano. En la universidad nada más estudiaba inglés y alemán, y, para ser sincera, nunca había sido la más brillante con los idiomas.
Así que tenía exactamente…
3 MESES para aprender italiano desde cero.
Tres meses para llegar a un nivel que el hispanohablante promedio alcanza solo después de años, y para el cual mis compañeros llevaban un año entero preparándose todos los días con una profesora nativa en la universidad.
Y luego estaba el tema del dinero. A veces no tenía ni para ir a Barranquilla, imagínate para irme a Europa!
Pero ya había tomado la decisión. No iba a quedarme atrás viendo cómo avanzaban todos menos yo.
Al día siguiente busqué al profesor italiano. “Necesito aprender italiano en tres meses para irme a Italia”, le dije.
Cualquiera me hubiera dicho que estaba loca. Él solo sonrió y dijo: “Ok, entonces más te vale empezar hoy mismo… yo te ayudo.”
Los primeros días no podía ni pronunciar “io”. Lo decía como “ió” en vez de “ío”. Siempre me confundía con el español. Decía “io pensava” en vez de “io pensavo”. Era un desastre.
Pero en mí algo había cambiado: ya no era la misma Dara resignada de antes.
Estudié todas las horas que podía, siete días a la semana. Mientras mis compañeros iban a fiestas, yo estudiaba italiano. Mientras ellos descansaban el fin de semana, yo estudiaba italiano. Se había convertido en mi obsesión.
Un mes después, mi profesor de italiano me invitó a colarme en una clase grupal en otra universidad de Barranquilla. También esos estudiantes llevaban un año estudiando italiano.
Cuando empecé a participar, me di cuenta con sorpresa de que mi nivel no era inferior al de ellos. En un mes había alcanzado lo que otros lograron en un año.
Pero la presión seguía…
Mis compañeros con solo verlos me recordaban lo atrasada que estaba. Ellos hablando de sus planes, de dónde vivirían en Roma, mientras yo apenas estaba aprendiendo a conjugar verbos.
Hasta que al tercer mes vino la prueba real:
El examen de certificación
Una nublada mañana de julio tomé el avión de Cartagena a Bogotá, donde queda el Istituto Italiano di Cultura…
Cuando llegué al salón, éramos 12 personas…
Uno de ellos —un tipo de 30 años— dijo que ENSEÑABA italiano y quería certificarse.
“¿Qué hago aquí?”, pensé. “¿Cómo voy a pasar el mismo examen que un profesor de italiano?”
Y en cuanto al dinero, fui donde cada familiar que conocía a pedir prestado. Todos me dijeron que no. “¿Para qué te vas a ir tan lejos?” “Eso es muy arriesgado.” “Mejor quédate aquí.”
Al final, la persona que terminó ayudándome ni siquiera me conocía bien… mientras mi propia familia una vez más dudaba de mí.
Hasta que…
Tres días después del examen salieron los resultados.
De 12 personas, solo 2 pasaron la prueba…
Y yo era una de ellas!
(…y, por si te lo estás preguntando, la otra NO era el “profesor” de italiano)
Ni siquiera podía creérmelo, me parecía estar en un sueño…
Pero estaba pasando de verdad: una semana después me aprobaron la visa… y al cabo de un mes estaba en un avión a Roma.
(By the way… al final mi compañera que se creía tan especial nunca se fue a Italia —se quedó en Colombia)
Y así fue que llegué a la Sapienza di Roma, una de las universidades más prestigiosas de Europa.
Ahí las clases eran completamente diferentes: exámenes orales, libros enteros para leer, no solo capítulos. Y todo en italiano, obviamente.
Vivía a dos horas de la universidad, tomando bus, tren, otro bus y caminando. Lo hice durante un año y nunca me quejé…
Hasta que llegó el día de mi graduación, cuando presenté mi tesis —completamente en italiano— y obtuve 100/110.
Ahora…
¿Recuerdas a mi abuelo, el mismo que me llamó para decirme que no había pasado?
Después de mi salto a Italia me contaron que empezó a decirles a todos: “¿Sabes que tengo una nieta que se graduó en Roma?”
Lo paradójico es que toda mi vida busqué su aprobación tratando de seguir SU camino, SU universidad, SUS expectativas… y nunca la conseguí.
Pero cuando dejé de vivir en su mundo y creé el mío fue cuando finalmente obtuve todo lo que había buscado… y más.
Aprender italiano, graduarme en Roma, formar mi familia en Italia fueron las bendiciones más grandes de mi vida…
Pero todo fue posible SOLO porque entendí esto:
Que yo había estado viviendo en un mundo prestado —un mundo donde otros decidían qué era posible para mí.
Donde mi abuelo definía el éxito, donde mis profesores decidían quién era especial, donde mi realidad tenía los límites que otros le habían puesto.
En todo esto Italia fue mi “declaración de independencia”…
Fue lo que me hizo decir: “Este mundo pequeño que me dieron no es el mío, así que voy a crear uno propio.”
Mágicamente, en el momento en que dejé de buscar un lugar en el mundo de otros y creé el mío, todos esos que antes me ignoraban o menospreciaban empezaron a respetarme.
Mi abuelo ya no está, y estoy feliz de que se haya ido estando orgulloso de mí…
Pero lo que encontré gracias a esta experiencia fue algo mucho más valioso: la libertad de vivir en un mundo sin los techos que otros me habían puesto.
Por eso creé
Pasaporte para Italia.
Porque el italiano no es solo un idioma…
Puede ser tu pasaporte para salir del mundo limitado que otros diseñaron para ti y crear uno donde TÚ decides qué es posible.
Si ahora mismo estás donde yo estuve… viviendo en un mundo donde otros te dicen que es muy tarde, muy difícil, muy caro, muy imposible… un mundo donde tu lugar ya está definido y tu techo ya está puesto…
Recuerda que ese es el mundo de ellos… y no tiene que ser el tuyo.
Tu mundo —ese donde vives la vida que realmente quieres— está solo esperando que lo crees.
La única pregunta es:
¿Vas a seguir viviendo en el mundo de otros o vas a crear el tuyo?
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